Vergüenza

“¿Pero esto es hace cuánto? ¿Siempre estuvo prohibido el aborto en Argentina?”, me preguntó sorprendida una española anoche mientras yo miraba por YouTube el debate en el Senado. Siempre. Qué vergüenza sentí en ese instante. Por argentino y por hombre.

Vergüenza por argentino

“No importa el resultado, gana la democracia”, anticipó Macri previo a la votación, como si se tratase de unas elecciones. Claro que importa el resultado. Fue, acaso, una de las votaciones más trascendentales del Parlamento, como las de la Asignación Universal por Hijo o el Matrimonio igualitario.

Se me viene a la cabeza la votación sobre las retenciones al campo, que fue apasionante y trascendental para la economía y política. Pero no nos definiría como país, no cambiaría —ni salvaría— miles de vida. En esa sí, quizá, era atinado calmar las aguas, preponderar el debate parlamentario y festejar la victoria democrática.

En cambio, no estar 100% a favor de la legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo y ser indiferente al resultado es, inequívocamente, ser cómplice de la muerte y la desigualdad.

En cualquier disputa, los vencedores festejan los resultados. Y está bien que así sea, pues para algo lucharon. Lo que está mal es que el festejo sea por algo que no sucedió, haber luchado por una batalla que no se estaba dando. “¡Vamos todavía!”, celebró Gabriela Michetti.

Todos sabemos que no estaba diciendo “¡Vamos todavía las muertes por abortos clandestinos!” ni “¡Vamos todavía la desigualdad!”. Estaba diciendo “¡Vamos todavía, no al aborto, sí a la vida!”. Que lo diga Amalia Granata en TV me preocupa por su rol, pero no llega a incomodarme. Que lo diga la presidenta que encabezó el debate me da pena y vergüenza.

Michetti sigue sin entender cuál fue el debate. Festejó como si se hubiera votado la muerte, a favor o en contra. Como si tras el rechazo se acabaran los abortos y salvara vaya uno a saber qué vidas. Como si la votación hubiera sido una encuesta a título personal para saber quiénes abortarían y quiénes no.

Lo único que no me dio vergüenza fueron aquellas senadoras que dijeron “yo nunca jamás en la vida abortaría bajo ninguna circunstancia, pero mi voto es por la legalización”. Aquellas que con la ley aprobada seguirían militando por no abortar, pero que entendieron que no se puede estar en contra de un derecho ni de una decisión personalísima de la mujer, que además será evaluada por cada una y cambiará, o no, en cada embarazo.

“Es el siglo de la mujer. El que no comprenda esto va a quedar fuera de la historia”, sentenció Pichetto con aires misóginos. Todos van a quedar en la historia, incluso aquellos que no lo entiendan y sobre todo los que votaron en contra. En algunos años serán la vergüenza de sus propios herederos.

Vergüenza por todos los que ocupan una banca sin poder articular un concepto, ni conjugar verbos. Vergüenza por absolutamente todos los que votaron en contra.

Vergüenza por hombre

La legalización del aborto no solo iguala a pobres y ricas. Iguala a mujeres y hombres. Nosotros seguiremos con la posibilidad de abortar no solo a las 12 o 14 semanas, sino a las tres, a las cuatro o a los cinco o 10 años. Da igual la edad. Podemos hacerlo cuando queramos, sin clandestinidad, sin debates morales públicos, sin peligro de morir, sin pedir permiso a nadie.

Vergüenza siento también, es cierto, por haber usado más veces el pañuelo verde que el preservativo y haber cargado en absolutamente todas mis relaciones la responsabilidad en mi compañera.

Vergüenza por saber que tengo más privilegios que la mitad de mi país, solo por tener un pito debajo de los pantalones.

La trampa de la tolerancia

A mí no me reconforta que esto se pueda aprobar en un par de años, a más tardar. Lo de anoche fue una derrota en medio de una militancia brillante protagonizada por las mujeres.

Lo único que me reconforta es que toda mi familia, amigos y amigas están a favor de que se legalice. Sin importar a quién votaron en las presidenciales ni su condición católica. Incluso, aquellos amigos hombres que defienden la legalización y que sostienen “yo no estoy a favor abortar, no lo haría” (?), aferrándose al comodísimo trono del patriarcado, pero tolerantes.

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